Santi Millán y su más que probable “amante”, nuevas víctimas de un posible delito contra su intimidad

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De nuevo se repite una conducta muy habitual como consecuencia del apogeo de las redes sociales y las nuevas tecnologías, numerosos antecedentes de este tipo de situaciones vienen acaeciendo en los últimos años por diversas razones que más allá del reproche ético o moral, finalizan con sentencias condenatorias del orden penal por la importancia del bien jurídico del que se trata, en este caso la nueva víctima de un delito contra la intimidad es Santi Millán.

Esto es así porque dentro del ordenamiento jurídico español, este tipo de conductas contienen grandes consecuencias dentro de la esfera privada del Derecho a la Intimidad, Derecho Fundamental reconocido en el artículo 18 de nuestra Constitución, el cuál defiende entre otras cosas, el derecho y la posibilidad de tener secretos y privar a terceros del conocimiento de ellos. Razón por la cual cabe suponer que a su vez, estos no puedan ser compartidos en plataformas tan globales y con tanta repercusión como son las redes sociales.

En palabras del Tribunal Constitucional en su Sentencia 119/2001 de 24 de Mayo «el derecho a la intimidad personal y familiar tiene por objeto la protección de un ámbito reservado de la vida de las personas excluido del conocimiento de terceros, sean estos poderes públicos o particulares, en contra de su voluntad», a su vez en la misma sentencia menciona que este mismo derecho a la intimidad se encuentra estrictamente unido a la dignidad de la persona, derecho constitucionalmente reconocido en el artículo 10.1 de nuestro texto Supremo.

Dicho de otro modo, es evidente suponer cuán importante y sensible puede llegar a ser este derecho por la gran relevancia que posee en el desarrollo de la persona.

Esto es así porque en la época tecnológica en la que nos encontramos, situaciones de este tipo pueden dañar hasta puntos inimaginables la vida de muchas personas que ven como su dignidad queda menospreciada y supone en muchas ocasiones, daños irreparables en la vida de los mismos, como es el caso que exponemos de Santi Millán.. No es de menos recordar que nuestro País alberga una de las mayores tasas de suicidio y bullyng en Europa, por lo que hechos de este calibre no hacen más que poner de relieve la necesidad de educar a los jóvenes para que den uso de forma responsable a las nuevas tecnologías que tanto daño han ocasionado a la salud mental por irresponsabilidades como esta.

Volviendo al tema, vale la pena destacar que, al igual que el resto de los derechos reconocidos en nuestra Carta Magna y en el resto del ordenamiento jurídico español, este se encuentra limitado en diversas situaciones. Esto es, hechos que aun pudiendo ser considerados lesivos frente al derecho a la intimidad mencionado anteriormente, no se considerará vulnerado por razón de un ejercicio de ponderación de las conductas, y principalmente de los derechos en juego.

A través de un ejemplo, esta cuestión quedará claramente reflejada: un periodista fotografía un encuentro secreto entre varias celebridades del país, ¿nos encontramos ante una vulneración del derecho a la intimidad, o por el contrario debe prevalecer el derecho a la información?.

Pues bien, no existe una respuesta absoluta e imperativa para dirimir esta cuestión, debe analizarse el caso concreto y realizar un ejercicio de ponderación de derechos como se ha mencionado previamente, aún así, no es de menos destacar que, como requisito esencial para que pueda prevalecer el derecho a la información, es necesaria que la información sea veraz y contenga un especial interés general para los ciudadanos.

Una vez introducidos los principales caracteres del derecho a la intimidad presente en el reciente caso, debemos atender al pasado y en concreto a uno de los casos de mayor repercusión y con ciertas similitudes al que hoy recogen todas las portadas, este es el video sexual grabado y difundido sin consentimiento de la víctima, por parte de 2 jugadores de la élite del fútbol profesional (Sergi Enrich y Antonio Luna), los cuáles fueron condenados por el Juzgado de lo penal número 3 de San Sebastián a 2 años de prisión por aquellos hechos.

A pesar de que el presente caso de Santi Millán albergue muchas incógnitas por ser muy reciente y no conocer detalladamente las circunstancias del caso, trataré de puntualizar desde el punto de vista penológico las posibles situaciones y consecuencias que veremos en el futuro si llegase a sede judicial.

En todo caso, parece claramente inequívoca la idea de que nos encontramos ante un posible delito de descubrimiento y revelación de secretos del artículo 197 del Código Penal, pero, ¿en cuál de ellos podría inmiscuirse este caso?

En primer lugar, cabe la posibilidad de que el video objeto del presente caso haya sido extraído de forma ilícita de los móviles, ordenadores o cualesquiera otras bases de documentos de las víctimas a través de instrumentos o artificios tecnológicos, razón por la cual podrían encajar los hechos con el tipo básico del 197.1 del Código Penal «el que, para descubrir los secretos o vulnerar la intimidad de otro, sin su consentimiento, se apodere de sus papeles, cartas, mensajes de correo electrónico o cualesquiera otros documentos o efectos personales, intercepte sus telecomunicaciones o utiliza artificios técnicos de escucha, transmisión, grabación o reproducción del sonido o de la imagen, o de cualquier otra señal de comunicación», delito castigado con penas de prisión de 1 a 4 años y multa de 12 a 24 meses la cual podrá variar en función de la capacidad económica del penado pero siempre dentro de los límites legales, esto es entre 2 y 400 euros al día por un tiempo máximo de 2 años.

Por otro lado y a pesar de no ser la hipótesis más popular, puede haber sucedido que, ambas víctimas, Santi Millán y su posible amante, hubieran convenido en grabar su encuentro sexual, y una de las partes hubiese tomado la decisión de difundirla. Esta situación recordará al famoso caso de la exconcejala de los Yebenes Olvido Hormigos, la cual fue víctima de la difusión de un vídeo íntimo y de carácter privado pero que a su vez fue grabado con su consentimiento. Este hecho no tuvo ninguna consecuencia ni reproche penal sobre el demandado puesto que, en aquél momento, no existía ningún delito que recogiese tal conducta.

Este antecedente cobra gran importancia por la trascendencia jurídico penal que tuvo, ya que a raíz de dicho caso se instauró un nuevo tipo delictivo el cual aun pareciendo poco probable podría encajar en esta última hipótesis anteriormente mencionada.

En tal caso estaríamos ante un delito del 197.7: «será castigado con una pena de prisión de tres meses a un año o multa de seis a doce meses el que sin autorización de la persona afectada difunda revele o ceda a terceros imágenes o grabaciones audiovisuales de aquella que hubiera obtenido con su anuencia en un domicilio o en cualquier otro lugar fuera del alcance de la mirada de terceros cuando la divulgación menoscabe gravemente la intimidad personal de esa persona».

Para finalizar, debemos remarcar que una conducta tan simple y común en las redes sociales como puede ser compartir o reenviar este tipo de contenido como en el que se ha visto envuelto Santi Millán, puede llegar a convertirse en delito. Así es puesto que el propio artículo 197 en su apartado número 3 párrafo segundo y en relación con los apartados anteriormente mencionados establece que «será castigado con las penas de prisión de uno a tres años y multa de 12 a 24 meses el que con conocimiento de su origen ilícito y sin haber tomado parte en su descubrimiento realizare la conducta descrita en el párrafo anterior (difundir revelar o ceder a terceros los datos o hechos descubiertos o las imágenes captadas a que se refieren los números anteriores)”.

Por todo ello, y más allá de las consecuencias penales y civiles que puedan llegar a sucederse, es de vital importancia concienciar a la ciudadanía de la trascendencia personal que estos hechos pueden desatar en las víctimas, razón por la cual debe hacerse un uso responsable de las redes sociales puesto que, como suele decirse, «han llegado para quedarse» en nuestra sociedad.

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